La antropología y la educación

A la luz del proceso que se viene dando desde 2015 en la Universidad Autónoma del Caribe, Barranquilla, Colombia, surge la necesidad de preguntarnos ¿para qué la educación? sobre todo si contextualizamos el actual momento que se vive en nuestro país después de la firma de los acuerdos de paz, la incorporación de otrora un movimiento insurgente como actor político y las campañas políticas para Senado, Cámara y Presidente en 2018. Por esta razón, se me ocurre presentar esta pequeña reflexión que he venido cavilando a lo largo de mi carrera como antropólogo, pero esta vez más alineado a la práctica de la docencia universitaria.

La educación en Colombia debería estar pensada como un escenario de reflexión y construcción de sentido social y colectivo de paz. Es vetusta la visión de la educación como un proceso a través del cual se depositan conocimientos en los “alumnos”. Es menester de la comunidad educativa pensarse a sí mismo como un sujeto activo de construcción de conocimientos. No se trata de un mero requisito para pasar a una próxima etapa. Nuestro Estado (fallido en la mayoría de sus proyectos) sigue pensando este proceso como una forma de alienar masas no como una posibilidad de encontrar disenso y construir una Nación.

La concepción de la antropología como ciencia holística ha permitido abordar los fenómenos sociales desde un paradigma fenomenológico, busca comprender y respetar la diversidad étnica y cultural. El papel de la antropología en la academia está orientado a la formación de profesionales integrales e idóneos, capaces de leer e interiorizar los diversos contextos de su entorno local, regional y nacional con ética, moral y compromiso social. Busca evidenciar desde experiencias resultantes de proyectos de investigación cómo esta ciencia es uno de los pilares para que la concepción de un nuevo panorama cultural que se urde en la actualidad, sea ideada desde las mismas realidades de nuestro contexto regional, que permita mirarnos y entender nuestras dinámicas desde nuestra propia concepción de mundo. De esta forma, las universidades estarán preparadas para poder comprender e interpretar las nuevas relaciones sociales y los conflictos que comenzarán a tejerse con los nuevos vientos sociales, económicos y políticos que el posconflicto trae.

La investigación pensada desde la Universidad hacia afuera y desde el aula, internamente (investigación formativa), incluye al ser humano y las dimensiones que le son inherentes debido a su naturaleza. Por esta razón la perspectiva desde donde se miran los fenómenos que se abordan desde la institución y desde el aula deben contar con una base epistemológica, deontológica desde lo disciplinar, lo suficientemente sólida para contar con las herramientas teóricas, metodológicas y conceptuales. Estas herramientas deben responder a las necesidades académicas del contexto, lo que se puede visualizar y entender desde una mirada holística. Que pueda integrar el saber aprender, saber hacer y el saber ser a través del desarrollo de competencias genéricas, por ejemplo desde lo pragmático. Entendida esta competencia como el saber hacer desde lo disciplinar.

No es útil un conocimiento de anaqueles. La construcción de conocimientos y el desarrollo de las competencias institucionales y disciplinares debe orientarse a generar una condición de ser humano preocupado por los fenómenos que afectan la comunidad, por ejemplo el medio ambiente, la violencia, las brechas que marginan la población vulnerable, la corrupción, etc. Pero todo pensado desde su experiencia y su experticia. Así como por la búsqueda de la transformación positiva de estas problemáticas o de maximización de situaciones positivas. Significa que un profesional integral, desde su formación puede poner a disposición de la sociedad “eso que sabe”. De lo contrario, está estancando lo que sabe en una categoría de conocimientos técnicos o disciplinares.

El ser humano tiene una condición innata que es la búsqueda y lectura de la realidad de los otros. Estas diversas realidades subjetivas, están mediadas por el desarrollo que los seres humanos tienen en su tiempo y espacio identitario definido por su ethos cultural. Desde cualquier disciplina o ciencia, en el ámbito curricular y extracurricular que se construye en las instituciones educativas con estudiantes, se tienen en cuenta las particularidades de cada ser humano. Sobre todo las condiciones del sentido común y colectivo, pero también la capacidad de racionalizar procesos. Sin embargo, las condiciones y necesidades del entorno, en algunos casos inteligibles e impredecibles, hacen que afrontemos las realidades de manera interpretativa, un abordaje integral, holístico y humanístico.

Por estas razones, la formación a nivel universitario debe desarrollar en cada estudiante, a nivel de pregrado, posgrado o educación continua, valores y competencias como base que permitan obrar en pro del beneficio propio, pero también el bienestar común sin dar por sentadas las diferencias de ideologías políticas, religiosas o culturales, con miras a comprender la realidad del otro sin discriminar. Así mismo, con el propósito de ofrecer herramientas teóricas y conceptuales tendientes a aportar en la construcción de una nueva sociedad.

Por esta razón, la universidad a través de sus programas debe propender por la formación de profesionales polivalentes, competentes y propositivos responsables con la sociedad y los retos que arriban. Para lo que establece como uno de sus puntales de desarrollo institucional la comprensión del ser humano y de su cultura desde la diversidad de contextos geopolíticos, donde se incluye la diversidad de territorios y sus dinámicas políticas; y sociodemográficos, que responden a los círculos inmediatos del ser, como son la familia, la educación, la religión, etc., desde donde el ser humano actúa mediado por el relacionamiento social.

La formación de la sociedad desde la academia

La universidad y la formación que ofrece pueden ser miradas desde dos momentos específicos. Uno desde la universidad como escenario de reivindicación de movimientos sociales, en nuestro contexto Caribe, en la segunda mitad del siglo XX. Momento en el que las universidades, sobre todo las públicas, tienden a generar espacios de diálogo y análisis de las situaciones sociales que atravesaba el país. Esta formación, sin embargo no estaba pensada desde esa integralidad, se pensaba más como una plataforma de intervención sociológica (Touraine: 1981).

En Latinoamérica, esta calidad de educación permitió construir paradigmas para concebir el panorama social del momento. De ahí que toda la educación adquirió una relevancia para tramitar los conflictos sociales desde la academia a través de la intervención. Se construyó un universo epistemológico propio para mirarse a sí mismo.

Con el surgimiento de la Investigación Acción Participativa (IAP) en Colombia se surten cambios significativos para el bienestar de las comunidades marginadas por el centralismo. Se refuerza el papel de la comunidad como sujeto activo para la construcción y compresión de las realidades subjetivas comunitarias. Se debate la importancia de rigurosidad epistemológica del método científico. Se cuestiona el papel de la investigación y la formación de sujetos poseedores de conocimiento para pasar a una concepción de la educación desde la intervención por el bienestar social de las comunidades.

Desde estos escenarios se concibe un ordenamiento rural que rompe con la linealidad de los Estados neoliberales. Estos fenómenos rompen con el paradigma de la investigación al servicio de unos pocos y lo construye y lo pone a funcionar en torno a las comunidades. Pone de relieve además, la existencia de múltiples comunidades con multiplicidad de rasgos culturales. Razón por la cual se comienza a hablar del multiculturalismo que …refleja una actitud pragmática ante la posibilidad real de lograr un efecto en el conjunto de la sociedad. (Dietz, 2012: 68)

Es el momento en que se percibe la educación como forma de opresión, desde la concepción “bancaria” (Freire, 1970). Se critica la forma en que se “narran” contenidos; que el estudiante es depositario y repetidor de estos contenidos; que la relación en el aula es entre narrador y el que escucha; entre quien deposita y depositario. No hay lugar para pensamiento crítico, dado que la realidad se percibe inerme, estática, ajena a la subjetividad de los individuos.

En esa época, se buscaba la homogeneización de la sociedad, la alienación social. Se hace evidente, de esa forma, la necesidad de pensar en la educación como un proceso de construcción no de repetición. De construir contenidos que excedan las expectativas del sistema económico y político del momento y que respondan a la diversidad de contextos sociales, culturales, religiosos y geográficos de la población.

Contenidos que sólo son retazos de la realidad, desvinculados de la totalidad en que se engendran y en cuyo contexto adquieren sentido. En estas disertaciones, la palabra se vacía de la dimensión concreta que debería poseer y se transforma en una palabra hueca, en verbalismo alienado y alienante. De ahí que sea más sonido que significado y, como tal, sería mejor no decirla. (Freire, 1970: 77)

Así, se permite pensar que la sociedad actual, se piensa y se idea desde diversas perspectivas. Sirviendo de puente entre la misma sociedad y la utilidad y aplicabilidad del conocimiento en las instituciones educativas. El nuevo paradigma de la educación gira en torno a la capacidad que tiene la sociedad de autogestionarse y autocontrolarse o autogobernarse. De crear contenidos contextualizados, participativa. Contrario a la idea de educación como mecanismo de marginalización y opresión. Los seres humanos no están llamados al consenso permanente y eterno, sino al disenso de donde provienen la innovación y la concepción de modelos contextualizados.

El ideal de la educación no debería ser, en ese sentido, crear seres humanos inmersos en la realidad de otros, sino que reconocen la diversidad, que ven el mundo desde su subjetividad, pero asumiendo posturas deontológicas. Que derrumba el paradigma de la objetividad como única mirada válida, incluye la visión personalizada, transformada por fenómenos culturales de individuos y comunidades. No continuar con la creación de seres autómatas, sino de subjetividades pensantes, reflexivas y compresivas.

Se entiende entonces que en la formación a nivel superior, se dinamizan procesos naturalmente reflexibles, tendientes a visualizar la sociedad que queremos versus la sociedad que se forja con la cotidianidad. De esta manera, el ideal “revolucionario” es la generación de seres libres, no adheridos a sistemas homogéneos. Empoderados y capaces de crear sus propios escenarios.

Nota: sobre la imagen que acompaña este texto: fotografía tomada de la portada realizada por Ivonne Murillo para el libro Pedagogía del Oprimido de Paulo Freire. Siglo XXI editores, 2005, México. 

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